Es casi siempre necesaria una referencia a nuestro único Premio Nobel (que es por el que casi todos le conocen, presumiblemente) y la revista Literatura editada en años de mocedad universitaria, para dar cuenta del eterno borgiano de Petit Thouars. Escribir de este conspicuo prosista es un necesario acto de justicia. ¿Es qué acaso conocías mención alguna sobre Luis Loayza, tú, joven lector, salvo por las hasta cierto punto vagas referencias de la biografía de Mario Vargas Llosa? El genio en cuestión perteneció a la Generación del 50, aquella pléyade de hombres donde poetas cuyo ideal incesante de justicia y libertad fáctica, se sumó a su intensa avidez de naturaleza revolucionaria; lograron forjarse como los baluartes de un movimiento dónde predominó el compromiso social sobre la los valores estéticos en el diseño de una ficción. Su resultado fue la concretización de una admirable escuela que estuvo a la altura de una corriente Hispanoamericana capital; de la que diríamos, sin un ápice de vacilación, ha sido de lo mejor que nos ha otorgado el arte ecuménico. En el caso de la narrativa, la búsqueda de la identidad en la Urbe, dado el incremento de migrantes y pueblos jóvenes, y la aparición de aquel personaje predilecto por los cuentistas de esta corriente: el ser marginado, una secuela del movimiento realista decimonónico que fue el cimento de los las grandes proezas literarias del siglo XX. Sus temas contenían una fuerte influencia del existencialismo de Sartre y Camus, del primero esencialmente sus bríos de rebeldía materialista; además de las técnicas utilizadas por egregios autores occidentales tales como Joyce o Faulkner, como complemento perfecto para aquello que osaban representar.